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La
meseta de Colquechaca es una altiplanicie situada en Bolivia,
no muy lejos de Poroma, casi en la cordillera central. Su altitud
es de 3900 metros sobre el nivel del mar y allí el aire
es tan puro que aspirarlo es como inhalar un puñado de
vidrio molido o hielo seco. La visibilidad es perfecta y parece
probarlo el hecho de que un cóndor puede distinguir su
presa desde más allá de los 1700 metros y diferenciar
perfectamente si se trata de un cúi (especie de conejillo
de Indias) o un Land Rover.
El acceso
a la meseta es difícil y peligroso. El transporte ideal
para alcanzarla es el noble yack, pero la inexistencia de tal
mamífero tibetano en el cono sur de América hace
que deba recurrirse al burro.
Fue así,
a lomo de burro, que pude llegar a dicha planicie. El empecinamiento
que me hizo arrostrar los peligros de verme precipitado en algún
barranco, la molestia del soroche (el apunamiento) o el riesgo
cierto de ser atacado por un guanaco, no era vano.
Yo sería
el único periodista testigo de uno de los mayores acontecimientos
deportivos del siglo: la ruptura violenta del récord de
los nueve segundos en los cien metros llanos.
Tras cuatro días de marcha entre pulidas rocas, delgados
caminos de cornisa y pequeños aludes producidos por los
cascos de mi cabalgadura, llegué al campamento de Lauven
Vogelio, el profesor Bruges, y un equipo de quince ayudantes entre
los que se contaban algunos coyas que hacían las veces
de traductores, guías y cronometristas.
El campamento
constaba de dos barracones muy amplios con dormitorios, vestuarios,
cafetería, enfermería y cocina, todo plegable, y
había sido transportado, al igual que el personal, en un
helicóptero Super Frelon desde Maiquetía (Venezuela).
Ellos no habían recurrido al burro, pese a que habían
transportado una docena de ellos en el mismo helicóptero.
Luego, al conocer al profesor Bruges, comencé a comprender
los porqués de tanta organización, de tanto fanatismo
en el cuidado de los más mínimos detalles.
Recién
al día siguiente de mi arribo pude tomar un café
con el profesor e iniciar la primera etapa de mi reportaje.
-¿Qué
lo ha llevado, profesor –le pregunté- a
elegir esta meseta sudamericana, para la prueba más rigurosa
de su pupilo ?
Bruges me
observó largamente desde atrás de sus anteojuelos
sin marco. Es un hombre muy delgado y su cuerpo demuestra el físico
emparentado desde siempre con el deporte. Cercano a los 74 años,
sus brazos y piernas son tensos y fibrosos y revelan al hombre
que, durante quince años, ha practicado intensamente, a
nivel de altísima competencia, el aeromodelismo.
-La resistencia
del aire –me contestó, al fin.- En estas
alturas, el aire padece de una notoria disminución de densidad
y el cuerpo de un individuo lanzado a toda marcha lo pliega, lo
aplasta y lo hiende con la facilidad con que esta cuchara separa
este trozo de manteca.
Bruges unió
el ejemplo a su palabra y recibí sobre el rostro dos tibios
salpicones de manteca. El profesor hizo caso omiso al detalle.
- Cuando
uno está luchando, no ya contra los segundos, no ya contra
las milésimas de segundo, no ya contra las centésimas
de milésima de segundo, sino contra la millonésima
de centésimas de segundo, cualquier posibilidad de bajar
la más despreciable unidad de tiempo no debe ser desdeñada.
-¿
Justificaría eso, según sus palabras, este traslado
masivo, casi un operativo militar, a esta región perdida
del globo ? –le pregunté.- Pocas veces he
visto tanto desprecio reflejado en los ojos de un ser humano.
- Esto
no es sólo una prueba deportiva, señor –murmuró,
cuando pudo controlarse.- Esto es un experimento de resistencia
física, que pone al hombre en los umbrales de nuevas conquistas
maravillosas. Los resultados que pueden devenir de esta prueba
pueden adelantar el estudio de las formidables posibilidades del
hombre en su evolución corporal y mental en uno o dos siglos,
constituyendo un hito comparable al del descubrimiento de la disgregación
de la materia, el café instantáneo o el reloj cu-cú.
Yo, que vi
la muerte multitudinaria por hambruna en Etiopía, que presencié
desde cerca el asesinato de Anwar Sadar, en El Cairo, que conocí
a la primera novia de un primo mío, que asistí (de
niño) al momento en que mi abuelo retorcía el pescuezo
de una gallina y luego soporté el instante en que mi abuela
hacía lo propio con mi abuelo, nunca vi nada que me impresionase
tanto como la figura de Lauven Vogelio. Eso fue recién
al tercer día de permanecer en el campamento. Hasta ese
día Vogelio había estado siendo sometido a una completa
transfusión de sangre, que le reoxigenó los glóbulos
rojos, le brindó a los blancos una ferocidad de hienas
y lo devolvió a la pista con la iracundia de un misil.
Ahora pienso
que yo, tal vez sin saberlo, ya había visto antes al atleta.
Al segundo día de estar en Colquechaca, pasando frente
a la carpa inflable que hacía las veces de quirófano,
vi colgando de una soga, junto a la ropa interior del personal,
una suerte de envase vacío y fláccido, que semeja
un balón desinflado secándose al sol. No puedo jurarlo,
pues lo vi desde muy lejos y algo distraído, pero bien
podía haber sido aquello el mismísimo Lauven Vogelio
aguardando ser llenado de sangre flamante, como tantas veces.
Lo cierto
es que, al tercer día, sin tener mayores cosas para hacer
entre aquella gente ceñuda y hosca como los ayudantes del
profesor, o silenciosa y ausente como los coyas encargados de
programar las computadoras, decidí estirar las piernas
en un paseo destinado, más que nada, a estudiar la sedentaria
conducta de los guanacos. Confieso que aquellos animales habían
despertado mi curiosidad con sus miradas profundas y diáfanas,
su permanente rumiar y sus escupitajos agraviantes. Máxime
tras enterarme, a través de Pebas Bjorksele (uno de los
coyas) que no se trataba de rumiantes sino que masticaban permanentemente
coca. Las hojas del estimulante eran provistas a los animales
por los mismos nativos, quienes de esa manera, los mantenían
calmos y aletargados, a la vez que infatigables para el trote,
la trepada de riscos y el transporte de bultos.
A poco de
andar divisé a Vogelio estirando los músculos, solo
en la llanura. Estuve contemplándolo sin que él
reparase en mi presencia. Era un joven delgado y alto, tal vez
cercano a los dos metros, con proporciones físicas comparables
a las de un galgo por lo estilizadas y magras.
En todos sus
movimientos dejaba la sensación de una incalculable potencialidad
de velocidad latente. Estaba parado y parecía que andaba.
Caminaba y era creíble la idea de que podía levantar
vuelo en cualquier momento. De pronto, Lauven me vio y se acercó
de inmediato. Desde lejos pude advertir el brillo de su sonrisa.
Pero, ya cerca, cuando estiraba su mano para estrechar la mía,
no pude evitar un respingo de estupor y rechazo. El cráneo
de Vogelio estaba completamente rasurado y la piel, allí,
ofrecía la tersura de la porcelana. Ese detalle no hubiese
conmovido a nadie, de no mediar la visión de su nariz afilada
y de sus orejas inexistentes. La nariz era bastante más
larga que cualquier nariz prolongada y, la piel sobre el tabique
nasal, estirada y tensa por más de una operación
de cirugía estética, terminaba en una punta aguda
como la original nariz de Pinocho. Las orejas brillaban por su
ausencia y sólo se advertían los orificios auditivos,
pulidos y exentos de rebarba. La barbilla, huidiza y casi inapreciable
no parecía tener modificación artificial alguna.
Las cejas no existían, depiladas por completo, como las
pestañas. En verdad, no podía detectarse huella
capilar en esa suerte de globo blanquecino, aguzado hacia la nariz,
como un ariete.
- Comprendo
su confusión –me dijo Lauven, sonriente y sin
soltar mi diestra.- Me ocurre muy a menudo. Usted debe ser
el periodista argentino.
Asentí
con la cabeza y nos sentamos sobre unas rocas.
- Ocurre
que el profesor –me explicó Lauven- se ha
inspirado en el diseño del Concorde. Usted verá
–dijo, pasándose un dedo por la cara - que se
ha procurado evitar toda saliente o protuberancia que pueda ofrecer
resistencia al aire. Las orejas, por ejemplo, me quitaban casi
una décima de segundo.
- Comprendo.
Comprendo – atiné a decir. Disimuladamente pude
pasar mi vista por el resto del cuerpo de Vogelio, debilitada
en parte la cruel atracción que ejerciera en mí
su rostro. Vi, entonces, dos enormes cicatrices que nacían
desde los empeines de ambos pies, trepando hasta las rodillas.
Las señalé sin hablar, como un niño curioso.
- Ah…-exclamó
Lauven-…me reemplazaron los huesos de las piernas por
huesos sin médula. Huecos. El profesor lo descubrió
estudiando los cuadros de las bicicletas de carrera. El hueso
hueco es mucho más liviano y no pierde resistencia si se
el suministra calcio en buena cantidad. Además, en la misma
operación – Lauven articuló su pie derecho
- el doctor Vlaandéren me modificó en un punto
el ángulo de apoyo de la pisada. En Austria filmamos mi
última prueba, entregamos todos los datos a la computadora
y ésta dictaminó que yo pisaba mal. Vlaandéren
me operó y mejoré una décima de segundo.
Lauven hablaba
visiblemente satisfecho, ante mi gesto de cierta repulsa.
- Nada
escapa al cálculo del profesor – agregó.-
También introdujo otra variante, luego de que yo marqué
9’8” en Sarajevo. Me hizo sacar las dos costillas
inferiores, las denominadas “falsas” –
dijo, señalando sus flancos donde podía apreciarse
un pálido hilo de carne suturada - una de cada lado.
No servían para nada. Y era peso suplementario.
- ¿
No…no es demasiado ? – me atreví a
preguntar.
- Por
supuesto. Puedo bajar ese tiempo. Los 9’ 8” de Sarajevo
son una marca mentirosa. Garuaba, además y, aunque usted
no lo crea, la garúa ejerce una resistencia mensurable.
Como la neblina. No correré nunca más con neblina.
- ¿
Piensa usted – pregunté - que todo esto,
estos experimentos, estas mutilaciones que se han hecho sobre
su cuerpo, tienen algún sentido, dejan alguna enseñanza
para alguien ?
Lauven observó
la lejanía.
- No
son mutilaciones – afirmó - son adaptaciones
lógicas para conseguir un diseño más apropiado.
Es algo natural en cualquier disciplina y en cualquier trabajo.
Yo no hubiese aceptado que se me cortasen las orejas de haber
sido traductor. Pero soy velocista, no las necesito. El disparo
de largada se efectúa desde tan cerca que puedo oírlo
perfectamente. La historia tiene innumerables pruebas de esto.
Las amazonas se extirpaban un pecho para poder disparar mejor
sus flechas. En la segunda guerra, cuando las mujeres debieron
suplantar a sus maridos en las
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fábricas,
se cortaron el cabello, impusieron un estilo de corte varonil
y nadie se rasgó las vestiduras por eso.
Vogelio hablaba
como recitando, pero no había enojo en su voz. Se lo advertía
acostumbrado a dar ese tipo de explicaciones.
- ¿
Qué pretende demostrar usted – requerí
- con este, digamos, despiadado régimen de eficiencia,
de concentración, de entrenamiento ?
Vogelio tardó
en responder. El viento, al resbalar sobre sus arcos superciliares,
al deslizarse por sus fosas nasales, gemía como una quena.
Llegué a pensar que tenía unidos, directamente,
los conductos nasales y auditivos.
- No hay
ninguna motivación diferente a la de cualquier atleta:
el sentido de la superación – me dijo - simplemente.
El lógico y humano deseo de superación. De fijarse
una marca y quebrarla. Además, algunas organizaciones están
pendientes de mis pruebas y recogen importante información
y datos de ellas.
- ¿
Cómo cuales ?
- No conozco
todas – confesó, y parecía sincero.-
No es mi rubro. Pero sé que hay una importante firma
de calzado deportivo detrás de esto, una marca de hamburguesas
y una corporación que fabrica refugios antiatómicos.
- ¿
Refugios antiatómicos ?
- Sí.
Una firma alemana. La velocidad en carrera de un ser humano puede
ser la diferencia entre la vida y la muerte. Ganar dos segundos
en un sprint hasta un refugio tal vez salve la vida a más
de uno. No con respecto a los misiles pequeños, los antipersonales.
Con ésos, si uno corre es peor. Como sucede con los perros.
Nos quedamos
en silencio. El, observando el reverbero del sol sobre la planicie.
Yo, observándolo a él.
- Usted
dijo en un momento – continuó Vogelio- “entrenamiento
despiadado”. No creo que sea tan así. Vea usted mis
muslos – los señaló.- No han sido
tocados. Acá no hay huesos huecos ni flexores laminados
de acero. Están naturales, como cuando yo vine al mundo.
Porque el profesor no desea convertirme en una máquina.
Eso me invalidaría como un ejemplo viviente para el resto
de los atletas o para los niños que aman el atletismo.
Yo no puedo apartarme de la especie humana.
Asentí
vagamente. Me conmovía su candidez y su cordialidad. Se
puso de pie y caminó unos pasos. Parecía hacerlo
en cámara lenta, como un mimo, pero asimismo, me recordó
a un Mirage saliendo de su hangar.
- Debo
dejarlo ahora. El doctor tiene que inyectarme unas hormonas
– dijo.- Por un par de días no nos veremos. Supongo
que podremos vernos el día previo a la prueba. A veces
las hormonas –explicó - no me caen muy bien.
Parecía
que le costaba alejarse.
- No le
extrañe que hablo tanto – sonrió - pero
hace años que vivo siempre rodeado de la misma gente. Por
eso, cuando encuentro a alguien ajeno al grupo, procuro aprovecharlo.
Y más si se trata de alguien de un país, por así
decirlo, y usted no se ofenda, tan exótico como el suyo.
¿ Cómo andan esos carnavales ?
- Bien.
Bien – acerté a decir, confuso.
- ¡
Qué hermoso lugar ! – exclamó, volviendo
a mirar la meseta, tal vez contagiado de mi confusión.-
Lo que puede la erosión. ¿Sabe qué elementos
han provocado esta erosión?
- El viento
– arriesgué.
- El viento
y los instrumentos de viento. Los nativos de acá, desde
siglos, tocan instrumentos de viento. Eso con el tiempo, influye.
Ningún abuso es gratuito, amigo – me dijo, a
manera de despedida. Agitó una mano y se alejó hacia
el campamento.
En efecto,
no volví a ver a Vogelio hasta dos días después,
uno antes de la prueba final. La proximidad del momento clave
había enrarecido el aire en el campamento y el nerviosismo
se podía palpar incluso en los coyas, ya que se miraban
entre ellos y hasta pestañeaban.
Cuando llegué
al barracón del profesor tuve mi primera sorpresa. Vi,
paseando junto a los helicópteros, una espigada mujer,
de paso decidido y largos cabellos. Me impactó no haberme
percatado antes de la presencia de una dama en el campamento,
ya que no había visto hasta el momento ninguna representante
del sexo femenino, máxime considerando que parecía
tratarse de una mujer cercana al metro noventa de estatura.
Media hora
después, cuando concurrí a la reunión previa
a la prueba de entrenamiento, mi sorpresa se multiplicó
por mil. La mujer en cuestión no era otro que Vogelio.
Mordisqueando las cutículas de sus uñas nerviosamente,
el atleta ofrecía una imagen física y social muy
diferente a la que había mostrado en nuestro primer encuentro.
Adusto, huraño, no pronunció palabra durante toda
la reunión, persistiendo en alisarse una melena casi rojiza
que le cubría los hombros. A todas luces no era peluca.
Sobre el final, al despedirse, rumbo al vestuario, su voz lucía
aflautada y con desniveles. Mostraba, también, un caminar
levemente feminoide.
El profesor
Bruges advirtió mi rostro de perplejidad.
- Las hormonas suelen sentarle mal – dijo, a título
de explicación.- Ya lo ve, se pone bastante esquivo
y de mal talante. Pero luego se le pasa. Puede influir el hecho
de que no hayamos conseguido, esta vez, hormonas de guepardo macho.
- ¿
Guepardo ? – me asombré.
- Conocerá
usted el guepardo…-comenzó Bruges.
- Por
supuesto que lo conozco. Son los seres vivientes más veloces
sobre la Tierra.
- Bueno,
¡ imagínese lo que es alcanzarlo para sacarle las
hormonas ! Le estamos haciendo un tratamiento a Vogelio a base
de hormonas de ese felino. No intensivo, porque le ha causado
algunos desarreglos de comportamiento, como incentivo de un cierto
instinto depredador que lleva a mi muchacho a destrozar flores,
comer papeles o perseguir sabandijas. Pero lo suficiente como
para que desarrollo una suerte de contracción muscular
previa al despegue mucho más efectiva y contundente.
No me permitieron
presenciar la prueba de ensayo. El compromiso conmigo admitía
sólo mi presencia en la prueba final, a efectuarse al día
siguiente.
Pero al anochecer,
de regreso el equipo al campamento, proveniente de la meseta,
había caras de enojo y gestos de contrariedad y desaliento.
- Estamos
un segundo por sobre la marca buscada – alcanzó
a deslizarme, tipo información de máximo secreto,
el doctor Vlaandéren cuando pasó a mi lado.
Observé
a Bruges y lo vi pálido y desencajado. Detecté,
incluso, un destello de locura en sus ojos. Vogelio, más
atrás, más inexpresivo, parecía lagrimear.
Al día
siguiente, todo pareció conjugarse para el éxito.
El aire tenía la pureza de un cristal y ni una brisa alteraba
la calma de la mañana. Se había elegido como hora
de largada el exacto punto del mediodía, con la finalidad
de que la sombra de Vogelio se redujese al máximo procurando
que no llegase a desconcentrarlo.
Ya sobre las
nueve de la mañana, los camiones cargando los equipos de
filmación, las cámaras de televisión y las
computadoras partieron hacia la meseta.
El compartimento
de Vogelio se mantuvo herméticamente cerrado y él
no se dejó ver en ningún momento. El profesor, en
cambio, anduvo desde muy temprano de un lado a otro, controlando
todo y con huellas evidentes de no haber dormido bien. Por último,
pasó a mi lado y, en un gesto inusual de cariño,
me pegó un par de palmadas en el brazo. Detrás de
él llegó el doctor y me invitó a acompañarlos
en el jeep hasta la pista.
Media hora
después estábamos apostados al lado de ésta,
en medio de una maraña de cables, instrumentos de medición
y auxiliares que iban y venían. Parecía increíble
que, en aquella región inmovilizada por el tiempo, prácticamente
inerte, pudiese desplegarse de pronto, tamaña actividad.
Sobre las once de la mañana llegó Vogelio y la visión
de su nuevo diseño me paralizó la sangre.
Le habían
sido amputados ambos brazos. Apenas llegado comenzó a corretear,
calentando los músculos.
- ¿
Parece una bala, no es así ? – la voz del
profesor, a mi lado, me sobresaltó.
- Realmente
–dije.
- Con
esto, ganará algo más del segundo que nos hace falta
– me explicó, confiado. Luego, sin esperar mi aprobación,
se marchó a conversar con Vogelio. La concentración
mental del atleta duró hasta cinco minutos antes de la
largada. En tanto nos diseminábamos por nuestros puestos
de observación, Vogelio realizaba los últimos movimientos
elongatorios.
Cuando las
cámaras comenzaron a filmar, el profesor trotó hasta
el asiento que compartíamos con el doctor y se sentó.
Allí sí, lo noté contraído y tenso.
Vogelio, lentamente,
se acercó a la línea de largada. Nosotros estábamos
como a unos cien metros, para evitar dispersar su atención,
y sólo se encontraba cerca de él el largador, pistola
en mano. A pesar de la distancia, pude apreciar que, antes de
flexionarse, Vogelio miraba hacia nuestro banco y sonreía.
Parecía haber recuperado el espíritu afable que
yo le conocía.
Luego, siempre
lentamente y ya por completo imbuido de su responsabilidad ante
la historia del atletismo mundial, se agachó buscando la
posición de partida.
La nariz aguzada
al frente, sin los brazos, las piernas formidables curvadas y
aguardando dispararse como una saeta, la figura de Vogelio era
un emblema de la potencia.
Sonó
el disparo y el muchacho pareció catapultado hacia adelante
por un reactor espacial. Vi como un manchón esfumado por
la velocidad, un frenético pistonear de las piernas, luego,
algo que pareció desprenderse, un estallido y finalmente,
Vogelio, convertido en una bola de fuego, se pulverizó
en el aire.
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