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éramos pequeños no resultaba difícil imaginarnos
cómo serían los confines del universo. Para algunos,
el universo terminaba en un precipicio sin fondo, quizás
en algún lugar no muy lejos de las exóticas geografías
de Sandokan. Otros ubicaban los límites un poco más
allá, para ellos, como para Truman Burbank de The Truman
Show, el cielo no era más que una rígida bóveda
pintada con estrellas y planetas, y del otro lado, inaccesible,
estaba Dios tomando mate mientras miraba el show. Los más
ilustrados imaginaban un universo infinito, pero ¿qué
era el infinito?... si tal vez eran los mismos sabihondos que
no se sonrojaban al apelar al “infinito más uno”
a la hora de ganar alguna competencia de cantidad. Pero muchos
otros dejaban de lado estas inquisiciones teóricas y gastaban
las suelas jugando al fulbito en el potrero de la otra cuadra.
Quizás, éstos últimos, sin saberlo, poseían
la verdad en las puntas de los pies.
Recientemente,
un tal Jean Pierre Luminet - físico, poeta y músico,
un personaje seguramente más a gusto en un cuento de Borges
que en el Observatorio de Paris- propuso que el universo es un
espacio dodecaédrico de Poincaré. O |
sea, el universo es como una pelota de fútbol, una de esas
número cinco de cuero, con doce lados pentagonales, donde
cada uno de ellos está asociado con su opuesto. Si uno
sale por uno de los gajos de la izquierda, vuelve a entrar al
universo por el gajo opuesto de la derecha. Si nuestro universo
es como el imaginado por Luminet, al ir hacia adelante se regresaría
al punto de partida, al mirar el horizonte cósmico veríamos
nuestras propias espaldas (por supuesto, si obviamos el detalle
de que la luz tardaría cientos de millones de años
en surcar todo el ancho de los cielos y regresar al punto de donde
partió). Esta es una versión de un universo finito
pero sin bordes, sin necesidad de precipicios o bóvedas
celestiales.
Por ahora,
la geografía dodecaédrica es la que mejor logra
explicar mediciones astronómicas recientes. Si vivimos
o no dentro de una pelota de fútbol es muy prematuro decirlo.
Mientras tanto, Julio Cortázar en “Continuidad de
los parques”, nos relata una historia propia de un universo
finito, en el cual mirar el horizonte cósmico se traduce
en leer una novela, arrellanado cómodamente en un sillón
de terciopelo verde…
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Continuidad
de los parques
por Julio Cortázar ( Final del juego
- 1956) |
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Había
empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó
por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba
en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama,
por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de
escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo
una cuestión de aparcerías volvió al libro
en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los
robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a
la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad
de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una
y otro vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos
capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres
y las imágenes de los protagonistas; la ilusión
novelesca lo ganó casi enseguida. Gozaba del placer casi
perverso de irse desgajando línea a línea de lo
que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente
en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían
al alcance de la mano, que más allá de los ventanales
danzaba el aire del atardecer bajo los robles.
Palabra
a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes,
dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban
y adquirían color y movimiento, fue testigo del último
encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer,
recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo
de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre
con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había
venido para repetir las ceremonias de una pasión
secreta, protegida por un mundo de hojas secas y
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senderos furtivos.
El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía
la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría
por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía
que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que
enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo,
dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario
destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles
errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo
minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía
apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin
mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba,
se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía
seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él
se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto.
Corrió a su vez, parapetándose en los árboles
y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo
la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían
ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora,
y no estaba. Subió los tres peldaños del porche
y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos
le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después
una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas.
Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La
puerta del salón, y entonces el puñal en la mano,
la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón
de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón
leyendo una novela. |
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